Mercedes Prado  
 

Espacio de diferencia

// 1999
Intervención artística para el antiguo manicomio Santa Isabel de Leganés. Madrid.  

El ayuntamiento de Leganés nos invitó a participar dentro del antiguo manicomio abandonado de Leganés. Mi propuesta fue acondicionar una celda como una habitación de cualquier hogar donde transcurre lo cotidiano. Todos los elementos de la instalación tienen que ver con la locura.






Personajes y obras de la instalación:
Espacio:
Manicomio abandonado de Leganés
Cuadros:
La nave de los locos (El Bosco. 1450-1516). Extracción de la piedra de la locura (El Bosco) La Loca (Gericault. 1791-1824). El tonto del pueblo (Chaïn Soutien. 1894-1943). El loco (Picasso. 1881-1973). El tío Fulgencio (Gutiérrez Solana. 1886-1945).
Fotografías:
Felipe III, Napoleón Bonaparte, Nietzsche, Freud, Betty Davis, Anthony Hopkins, Haarman Friedrich (El carnicero de Hanovre), Kürten Peter (El vampiro de Düsseldorf), Personajes anónimos.
Estampas:
Santa Teresa de Jesús, San Juan de la Cruz, Santa Gemma Galgani, San Jorge, Sagrado corazón, San Pancracio, Santa Rosa de Lima, La Virgen de Fátima, Santa Clara, La sábana Santa
Libros:
Todos son Don Quijote de la Mancha. Miguel de Cervantes.
Vídeo:
Reportaje sobre la guerra en Kosovo.

Texto para catálogo:
Existe una oscura relación entre la locura y el mal, que arrastramos desde la edad media, en que al insensato se le juzgaba bajo una genérica idea del mal en su forma universal.  En la época clásica se encontró en el encerramiento paradójicamente la única salida a esta dolencia del alma y para ello se contaba en muchos casos con los mismos edificios que habían servido de leprosarios y que más tarde acogerían a los afectados de enfermedades venéreas, dos enfermedades temidas y repudiadas por la sociedad.
El cuidado de estos centros se puso mayoritariamente en manos de órdenes religiosas que cumplían así con sus ritos de asistencia a los necesitados y represión de conductas anormales. La terapia combinaba la medicina con la ética, confundiendo el gesto que castiga con el que cura, todo ello aderezado con la continua oración.
Se englobaban dentro de la sinrazón un montón de hechos que no tenían relación con esta y se internaba a todos los que manifestaban una libertad "moral": los libertinos, suicidas, sacrílegos, adivinos, blasfemos, homosexuales, brujas, vagabundos... formando un halo de culpabilidad alrededor de la locura, que se va relacionando directamente con el pecado.
Al designar a la locura un espacio de confinamiento, se le otorga ese carácter de segregación que nos llega hasta nuestros días.
El hombre muchas veces se ha planteado en su reflexión artística este tema que tanto repele y tanto apasiona por lo que pueda tener de comunicación con el más allá -que como algunos entendemos no es más que el más íntimo acá- y en el transcurso nos ha dejado una extensa producción de obras que no prueban nada sobre la razón de este mundo, ni sobre el delirio que se crea en esa dialéctica entre la realidad tangible y la irrealidad onírica de la obra artística. Estas obras nos hablan del recogimiento y viaje interior que hacemos en el esfuerzo de plantearnos donde están los límites, donde tenemos la puerta a la alucinación, donde perdemos el norte de nuestra moral para encontrarnos entre los dementes de la época clásica y de todas las épocas. El desequilibrio tiene que ver con cada uno de nosotros y con la verdad de nosotros mismos que cada uno sabemos percibir.
Ese vértigo que crea la distancia tan cercana entre la razón y la sinrazón, esa íntima vecindad que todos mantenemos con la locura parece interrogarnos sobre la oscura memoria que la acompaña.
Mientras tanto, el mundo se mide en la magnitud de obras como las de Nietzsche y Artaud. La historia está repleta de admirados políticos que nos llevan a las matanzas más cruentas, los mapas los dibujan psicosis colectivas y en el devocionario popular se mezclan con la misma fascinación los asesinos múltiples y los santos visionarios.
El rostro de la locura le encontramos entre el conocimiento absoluto y la animalidad más monstruosa, en cualquier caso, ha escapado de la domesticación de los valores y símbolos humanos. En "El banquete" Platón da una definición de monstruo que podría responder a este concepto, "el monstruo", dice, "a menudo camina entre los hombres y los dioses". Por eso llega a nosotros como algo más que una enfermedad, llega hasta nuestros días como una idea, como una idea de algo que está por encima de nosotros y escapa a nuestro control y nos apasiona y nos atemoriza y aunque un día los progresos de la medicina fueran capaces de hacerla desaparecer desde el punto de vista patológico, como en su día se consiguió con la lepra, siempre nos quedará como un poso de temor, el recuerdo de lo que es la relación del hombre con sus fantasmas.
No podremos deshacer el vínculo de nuestra cultura con aquello que tan enconadamente quiere excluir.
Mercedes Prado